Sunday, July 23, 2006

HOY COMO ANTES DE AYER

Cuando entré en el salón, me encontré al abuelo sentado, mirando como siempre la televisión. Le saludé, pues no le había visto en todo el día. Como siempre, él respondió a mi saludo de la forma menos efusiva posible, sin quitar la mirada de la pantalla, absorto en un estúpido programa, con un leve movimiento de la mano. Decidí centrarme en mis pensamientos en vista de que no iba a conseguir sacar una palabra al viejo. Al poco rato, apareció mi padre. Debía haber tenido uno de esos días frustrantes en el juzgado pues enseguida arremetió contra mí.

- Hombre, ya estás aquí. ¿Qué tal por la facultad?
- Bien, bueno, como siempre.
- Supongo que sigues empeñado en ser pintor.
- Bueno, es algo que me gusta, aunque en la facultad de Bellas Artes se aprenden otras disciplinas.
- ¿Ah, sí?, ¿como cuál?, ¿el liado de porros con papel cebolla?- no me hizo ni pizca de gracia, pues sabía por dónde iría la conversación- Pero, ¿es que crees que esa carrera que estudias es seria? Si por lo menos tuvieses talento y nos salieses como Velázquez. O mira, aunque fueses como Miró no me importaría, a pesar de que no termine de entender su pintura. Pero seguro que está forrado. ¿Has visto las pintas que tienes? ¿Cómo te va a salir así trabajo? Con esas greñas, esa barba y ese pendiente ¡Que no sé cómo te puedes ver atractivo así!
- ¿Pero es que ya no te acuerdas?- tanto mi padre como yo miramos hacia donde se encontraba el abuelo.
- ¿De qué no me acuerdo?
- A mí también me parecía que llevabas el pelo demasiado largo y unas patillas como "El Tempranillo". ¿Te acuerdas?
- Claro que me acuerdo, yo no estoy senil. Pero eran otros tiempos. Vivíamos en una dictadura y esa imagen era una forma de manifestarse. La única en la que podíamos hacerlo. La gente joven ahora vive muy bien. No tienen necesidad de manifestarse. No saben lo que costó la libertad.
- Te recuerdo que tú también estudiaste lo que quisiste.
- Claro, y me hice abogado. Y deberías saber que me va bastante bien. Soy muy bueno en lo mío.
- ¿Y qué es lo tuyo? De joven querías estudiar derecho para defender a los trabajadores y a los presos políticos y has terminado defendiendo a empresarios ricos, a estafadores, a especuladores, a todos aquellos que repudiabas, a todo aquel que pague tus jugosos honorarios.
- Sí, pero la gente madura. Y ahora tengo una familia que mantener. Eso es precisamente lo mío. Intentar que mi familia viva lo mejor posible.
- ¿Y por qué no intentar que tu hijo sea feliz?
- No sé a donde quieres ir a parar. Mi hijo es más feliz de lo que yo lo fui.

El abuelo fue de nuevo abducido por la televisión. Su mirada, que había
adquirido un brillo inteligente mientras hablaba con su hijo, se volvió de nuevo inerte. Aquel anciano, al que hacía tiempo que había dejado de respetar, nos dio una lección a mi padre y a mí. Nunca le había oído hablar con tanta coherencia. En los años que llevaba viviendo con nosotros no había dado muestras de recuperación, todo lo contrario. Cada vez olvidaba más las cosas. Cosas cotidianas. Ahora pienso que me hubiese gustado conocerle cuando aún estaba en plenas facultades mentales. Nunca creí que pudiese tener más ideas en común con mi abuelo que con mi propio padre. No sé si a eso se le podría llamar salto generacional. No lo sé.